A veces me preguntan qué haría si algún día pudiera estar a solas con Luis Miguel durante horas. Sin cámaras. Sin fotógrafos escondidos detrás de una planta. Sin prisas. Sin el ruido de la gente esperando siempre algo de él. Y cada vez que me lo preguntan, mi respuesta cambia un poquito… pero en el fondo siempre es la misma.
No lo llevaría a un restaurante caro.
No le pediría selfies.
No le haría cantar veinte canciones seguidas como si fuera una jukebox con ojos de menta.
Creo que lo único que haría… sería intentar que descansara un poco de todo.
Le diría que por un día no pasa nada si canta recién levantado, con la voz rota de sueño y el pelo peleado con la almohada. Que nadie va a corregirle una nota. Que nadie le va a exigir perfección. Que puede desafinar una frase y seguir siendo él.
Le diría que deje por un día las gárgaras y los ejercicios de canto. Que hoy no hay escenario. Que hoy no hay obligación de sonar impecable. Que el mundo no se rompe porque una persona famosa se comporte como una persona normal.
Lo llevaría a una playa escondida, de esas donde el mar suena más fuerte que los pensamientos. Y allí haríamos algo totalmente inútil y maravilloso: croquetas en la arena. Sí. Croquetas. Como niños pequeños. Con las manos llenas de sal, arena pegada en las piernas y riéndonos de nada.
Porque creo que hay personas que llevan tantos años sosteniendo un personaje, una imagen, una leyenda… que a veces necesitan un lugar donde simplemente puedan bajar la guardia.
Le diría que salga despeinado a nuestra calle. A una calle cualquiera. A una terraza donde el café llegue con la cucharita torcida y donde nadie le analice el gesto, el peso o los silencios. Que si se le sube el bajo del pantalón, se lo deje así. Que camine sin corregirse. Sin esa vigilancia constante de quien sabe que siempre hay ojos apuntándole.

Y después le pediría algo todavía más difícil:
que bailara sin pensar.
Libre.
Sin pasos estudiados.
Sin elegancia calculada.
Sin el Luis Miguel que todos esperan ver.
Solo un hombre moviéndose porque le da la gana. Porque la música también sirve para desordenarse un poco por dentro.
Nos meteríamos al mar en una playa donde nadie pudiera encontrarlo. Y creo que ahí entendería algo importante: que existen lugares donde no hace falta demostrar nada. Donde el valor está en la confidencialidad, en la calma, en la amistad sincera y en sentir que puedes bajar los hombros porque nadie te va a traicionar.
Porque muchas veces pienso que la fama debe parecerse a vivir siempre vestido para una foto que nunca termina.
Y yo, si estuviera un día con Luis Miguel, no intentaría cambiar nada de su vida. Ni invadir sus refugios. Ni ocupar lugares que ya tienen nombre y amor.
Simplemente intentaría regalarle una tarde distinta.
Una de esas tardes que no hacen ruido, pero se quedan viviendo para siempre en algún rincón de la memoria.
Una tarde de amistad.
De mar.
De canciones pequeñas.
De silencios cómodos.
De dos copas de vino compartidas mientras el sol se derrite despacio sobre el agua.
Le cantaría canciones de pequeños. Canciones absurdas, antiguas, canciones que huelen a cocina y a infancia. Y probablemente terminaría cantándole nanas bajo el sol, mientras el mar hace ese ruido hipnótico que parece arreglarlo todo aunque no arregle nada.

Y quizás él estaría callado.
O quizás hablaría muchísimo.
Quién sabe.
Pero me gusta pensar que, por unas horas, podría sentirse tranquilo.
Como cuando alguien llega a un lugar y entiende, por fin, que no tiene que demostrar absolutamente nada.

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