A veces me pregunto qué pensaría una persona ajena si pudiera asomarse durante una semana a la vida de una fan de Luis Miguel.
Probablemente llegaría a una conclusión equivocada.
Pensaría que solo escuchamos canciones, vamos a conciertos y suspiramos un poco.
Error.
Ser fan de Luis Miguel desde hace décadas implica desarrollar una serie de habilidades que nadie reconoce oficialmente, pero que merecerían un diploma, una placa conmemorativa y, en algunos casos, una jubilación anticipada.
Por ejemplo, somos investigadoras.
Y no investigadoras cualquiera.
Mi amiga Lorena, del grupo de las 25 de Micky, podría encontrar una aguja en un pajar con los ojos cerrados. Es capaz de localizar una entrevista perdida de hace veinte años, descubrir de dónde salió una fotografía borrosa o averiguar en qué lugar se grabó un vídeo fijándose en un detalle que el resto de los mortales ni siquiera había visto.
Las demás tampoco nos quedamos atrás.
Vemos vídeos una y otra vez.
Y otra vez.
Y otra más.
Los destripamos como quien desmonta un juguete para ver qué tiene dentro. Buscamos detalles donde otras personas solo ven imágenes. Una sombra, una sonrisa, una mirada, una mano que aparece durante dos segundos o una respiración que casi nadie percibe.
Yo, además, me estudiaba las canciones al detalle. Veía los vídeos tantas veces que llegué a aprenderme hasta dónde respiraba él para cantar exactamente igual, intentando tomar aire en el mismo instante en que lo hacía Luis Miguel en cada canción.
También somos psicólogas.
O al menos creemos que lo somos.
Porque llevamos décadas intentando averiguar qué piensa nuestro querido Micky.
Analizamos expresiones.
Interpretamos silencios.
Sacamos conclusiones de una mirada de tres segundos.

Y, por supuesto, intentamos arreglarle todos los problemas de la vida desde la comodidad de nuestro sofá y con una psicología construida entre conversaciones de WhatsApp, vídeos antiguos y toneladas de cariño.
Pobrecito.
Si dependiera de nosotras, tendría solucionados todos sus traumas desde hace años.
También somos organizadoras de viajes.
Y aquí el nivel es altísimo.
Combinamos vuelos, trenes, hoteles, apartamentos, autobuses, horarios imposibles y presupuestos ajustados con una precisión que haría llorar de emoción a cualquier agencia de viajes.
Somos capaces de salir de una ciudad, pasar por otra, dormir en una tercera y acabar en una cuarta solo para estar a tiempo cuando se apaguen las luces y empiece el concierto.
Y además intentando gastar lo menos posible.

Porque el amor es muy bonito, pero el banco sigue enviando extractos.
Por supuesto, somos expertas en Ticketmaster.
Sabemos lo que es sufrir.
Conocemos los códigos.
Las preventas.
Las colas virtuales.
Los errores de servidor.
Los bloqueos.
Los mapas de asientos.
Las actualizaciones inesperadas.
Los rumores.
Las estrategias.
Y hemos desarrollado reflejos que ya quisieran muchos deportistas olímpicos para pulsar el botón de compra exactamente en el segundo adecuado.
Todo ello mientras rezamos a todos los santos conocidos y a algunos todavía pendientes de aprobación.
Muchas también somos editoras de vídeo.
En mi caso, especialmente.
Me encanta grabar momentos y transformarlos en recuerdos para compartir con otras fans.
Porque sé que no todas pueden estar en primera fila.
Y sé lo que se siente cuando alguien te acerca un instante que no pudiste vivir.
Por eso edito.
Por eso dedico horas a elegir una música, ajustar una imagen o buscar el momento exacto para que otras personas puedan sentir que estuvieron allí, aunque estuvieran a miles de kilómetros.
Y luego están las detectoras de rumores.
Quizá la profesión más complicada de todas.
Porque vivimos rodeadas de fechas misteriosas, anuncios inminentes, supuestas filtraciones, teorías imposibles y noticias que aparecen y desaparecen más rápido que una entrada de primera fila.

Con el tiempo aprendemos a distinguir entre la fantasía, la ilusión y la posibilidad real.
Aunque reconozco que, a veces, seguimos cayendo con entusiasmo en alguna teoría descabellada.
Forma parte del encanto.
Y luego está la profesión más bonita de todas.
La de compañera.
Porque ninguna de estas carreras las estudiamos solas.
Las estudiamos entre mensajes de WhatsApp a horas imposibles, capturas de pantalla ampliadas hasta el infinito, teorías que nacen un martes y mueren un miércoles, y amigas que hace dos años ni siquiera conocíamos.
Las fans somos un poco investigadoras, un poco psicólogas, un poco agentes de viajes, un poco editoras y un poco detectoras de imposibles.
Y quizá por eso seguimos aquí.
Porque al final Luis Miguel fue la excusa.
Pero las personas que llegaron después también terminaron formando parte de la historia.
Después de todo, ser fan de Luis Miguel no consiste únicamente en escuchar canciones.
Es una especie de carrera universitaria no reconocida oficialmente.
Y lo más curioso es que ninguna de nosotras envió nunca una solicitud de admisión.
Un día apareció un chico con un catsuit dorado en una televisión.
Y cuarenta y cuatro años después aquí seguimos.
Debatiendo una respiración, ampliando un vídeo hasta el píxel número mil, buscando entradas imposibles y organizando viajes que desafían toda lógica.
Si eso no es una profesión, que venga alguien y me lo explique.

Deja una respuesta