La primera fila nunca fue para mí una silla más cómoda, una pulsera distinta ni una credencial que me permitiera mirar por encima del hombro a nadie. La primera fila fue siempre una manera de decirte: sigo aquí.
Sigo aquí después de cuarenta y cuatro años, con las rodillas menos dispuestas a las aventuras y el corazón igual de insolente. Sigo aquí después de haber hecho colas de una semana refugiada en casitas de cartón para entrar la primera al estadio de Vélez Sarsfield, porque había épocas en las que para acercarme a ti tenía que aprender a dormir incómoda, a comer cualquier cosa y a convertir una acera en domicilio provisional.

He pasado horas de pie frente al Hotel Sheraton esperando que aparecieras en la ventana de tu habitación para saludar. Horas enteras observando cristales, cortinas y movimientos sospechosos, como si mi paciencia tuviera prismáticos incorporados y pudiera distinguirte detrás de cualquier sombra.

También he trepado las rejas del Luna Park para pasar del gallinero a las plateas. Esto no lo había contado. Supongo que todos guardamos alguna pequeña fechoría dentro del bolso, entre las llaves y un caramelo pegado al papel. Yo guardaba esa. No era una cuestión de educación ni de sensatez. Era la necesidad feroz de acercarme unos metros, de ganarle una discusión al cemento, a las entradas numeradas y a la geografía del estadio.

Y vendí una casa para viajar a Chile.
Escrito así parece una de esas frases que deberían venir acompañadas por la mirada seria de un notario. Pero fue exactamente eso. Vendí una casa, crucé un país y terminé recibiendo aquel beso dentro de la cocina de un hotel. Un beso que casi no disfruté porque el cuerpo se me quedó congelado y las emociones se me amontonaron en la puerta sin saber cuál debía entrar primero.

Mi historia con las primeras filas no nació del dinero, de la clase ni de un apellido capaz de abrir puertas. Yo hice las mil y una para llegar. Ahorré, esperé, corrí, dormí donde pude, trepé lo que no debía, vendí lo que tenía y fui aprendiendo a acomodar la vida alrededor de las fechas de tus conciertos.

Siempre anónima.
Durante muchos años fui una cara más en la multitud, una de tantas mujeres sosteniendo una pancarta, cantando con la garganta raspada y tratando de guardar en los ojos todo lo que estaba pasando. Nadie sabía mi nombre. Tampoco era necesario. Mi sitio estaba allí, en esa obstinación silenciosa de volver, de buscar otra ciudad, otro estadio, otra posibilidad de encontrarte.
Ahora, de grande, algo cambió.
Un día se me ocurrió subir un vídeo. Gustó. Subí otro. También gustó. Y ya no pude parar. Las imágenes comenzaron a caminar solas, a tocar puertas que yo ni siquiera sabía que existían, y mi nombre empezó a asomarse en lugares donde antes solo estaba mi cara entre miles.

De alguna forma, se me reconoció.
No porque haya querido ocupar el centro de nada, sino porque durante décadas estuve en el borde de todos los escenarios acumulando historias, miradas, viajes y palabras. Tal vez los vídeos no hicieron más que quitarles el polvo a tantos años y ponerlos delante de los ojos de otras personas.
Por eso, cuando alguien ve una fotografía mía en primera fila, quizá piense que tuve suerte, contactos o privilegios. No ve las cajas de cartón, las horas bajo las ventanas, las rejas del Luna Park, la casa vendida, las carreras, los nervios ni todos los planes imposibles que terminé convirtiendo en billetes de avión.
La primera fila no es solamente el espacio que queda entre el escenario y la segunda fila.

Es la última estación de un recorrido que, muchas veces, empezó años antes.
Es llegar con todas las versiones de mí misma cogidas de la mano: la adolescente que esperaba en Buenos Aires, la mujer que cruzó océanos, la que se quedó inmóvil después de un beso y la que ahora graba vídeos para estirar unos segundos las miradas.
Estar allí no significa que me considere más que nadie. Significa que todavía puedo mirarte de cerca y decirte, sin necesidad de levantar demasiado la voz:
Sigo aquí.
No me fui.
Y mientras el cuerpo me acompañe, seguiré encontrando la forma de llegar.

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