He vuelto a subir al tren rosa

En el momento en el que la nieve ardía de rabia, justo cuando cruzar el abismo suponía que la apertura de mis piernas tenía que conseguir veinte centímetros más de flexibilidad para pisar tierra segura, en ese instante en el que parecía que al vendedor de billetes de tren le surge un repentino ataque de Párkinson, cuando el tren comienza a despilfarrar humo anunciando su partida; allí, puntualmente, se desata una precipitada avalancha de palabras sueltas que bajo no sé qué encantamiento me reduce el maleficio que le impuse a mi humor y me amiga nuevamente con las sonrisas. De pronto estoy subida al tren rosado jugando con mis dedos en calma, esos que hasta hace minutos se movían descontrolados haciendo músicas histéricas con la mesa del ordenador.

Insospechadamente, mis ojos se mantienen abiertos y brillantes, casi como si de una obra de teatro se tratara, no se corre el telón hasta que no terminen todos los actos. No parpadean por si se escapa un detalle. Los sonidos de toldos furiosos que bailan obligados por el viento norte, cambiaron su compás y se mecen bajo las notas de un vals interpretado por algunas hojas que se van despidiendo de sus ramas y crujen al chocar con los cristales de mi terraza.

El tren me ha venido a buscar nuevamente, y me he subido, ahora viajo sobre su cómodo capitoné Luis XV, rosa, como mis pensamientos de niña descuidada. Nada ha cambiado, todo sigue tal cual lo dejé durante algunos meses. El tren de la alegría me pasea nuevamente sobre una vía de azúcar quemada y canela en rama. Tal vez solo sea una sensación pasajera, pero confío en mi y los malhumores nunca me duraron más que la vida de un Bulbophyllum nocturnu.

¡He vuelto!

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