Hay un momento del que casi no se habla. No es el concierto, ni la primera nota que te atraviesa el pecho como un relámpago bien afinado, ni ese instante en el que aparece y todo dentro de ti se recoloca como si alguien hubiera puesto orden en un cajón que llevaba años desbordado. Es el después. Ese lugar al que nadie te prepara, ese silencio que queda cuando se apagan las luces y tú vuelves a casa con el corazón todavía encendido, como una lámpara que alguien olvidó apagar.
Ahí empieza la espera.
La espera de las que vivimos a ojitos de menta como si fueran estaciones que no aparecen en ningún calendario. Sabemos reconocer cuándo florece todo, cuándo el aire huele a gira y a promesa cumplida, cuándo el tiempo se vuelve verano porque él está ahí, pero lo que viene después… lo que viene después es otra cosa. Es un invierno elegante, de esos que no hacen ruido pero se instalan en los huesos.
Porque el silencio no es casual.
Es limpio, es preciso, está tan bien sostenido que parece una coreografía invisible. Su equipo no deja escapar ni una nota fuera de sitio, ni una pista mal colocada, ni un descuido. Es como intentar atrapar humo con las manos: sabes que algo hay, lo intuyes, pero nunca consigues retenerlo del todo.
Y entonces aparecemos nosotras.
Con nuestras preguntas que son casi rituales, como si al repetirlas pudiéramos abrir una grieta en ese silencio tan bien construido. “¿Sabes algo?”, “a mí me han dicho…”, “dicen que está eligiendo temas”, “que si después de tal fecha…”. Y vamos cosiendo historias con hilos finísimos, armando un vestido de certezas que en realidad está hecho de intuiciones.
A veces algo encaja. A veces no. Pero en el fondo da igual, porque no estamos buscando información, estamos buscando latidos. Algo que nos diga que sigue, que está, que en algún lugar del mundo hay una melodía en proceso que todavía no ha salido a la luz.
Y de repente… aparece.

Sin previo aviso. Sin antesala. Como esas tormentas de verano que no salen en el parte meteorológico pero lo cambian todo en cinco minutos. Sale, y ese simple gesto nos desordena otra vez por dentro, nos activa una fe casi infantil que no necesita pruebas. Porque una vez fue así, y con una sola vez nos alcanza para sostener mil esperas.
Han pasado aproximadamente 640 días desde el último concierto. Eso son unas 15.360 horas, alrededor de 921.600 minutos, más de 55 millones de segundos. Dicho así parece una barbaridad, como si el tiempo se hubiera estirado más de la cuenta, como si alguien hubiera alargado la cinta de una canción que no termina nunca.
Pero la verdad es que no pesa igual.
Porque la espera, cuando es por alguien que te ha dado tanto, no es un vacío. Es más bien una sala de ensayo sin público, un escenario a oscuras donde sabes que en algún momento alguien va a pulsar el interruptor. Es un café que se enfría mientras miras la puerta, convencida de que en cualquier momento va a entrar.
Y mientras tanto, nos tenemos.
Nos preguntamos, nos contamos, nos inventamos pequeñas verdades para que la ilusión no se oxide. Nos reímos de lo que creemos saber y de lo poco que realmente sabemos. Nos sostenemos en esa complicidad que solo entiende quien ha esperado algo de verdad.
Porque si algo hemos aprendido es esto: él siempre vuelve.

No cuando lo pedimos. No cuando lo imaginamos. Vuelve cuando tiene que volver, con esa forma suya de irrumpir que no avisa pero arrasa, como una canción que empieza suave y de repente te rompe en dos.
Y cuando pase —porque va a pasar— vamos a entender que todo este silencio no era ausencia.
Era afinación.
Como esos segundos exactos antes de que suene la primera nota… y el mundo, otra vez, se coloque en su sitio.

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