Anoche soñé con Micky.
Fue un sueño largo. De esos que no parecen sueño mientras ocurren, porque tienen textura, temperatura, silencios, pasillos, miradas… y hasta perfume.
Estábamos de gira. No sé muy bien cómo, pero yo había entrado casi de casualidad dentro del staff, gracias a Paloma. Estábamos en un hotel. La vi, la saludé, y ella, con esa naturalidad de quien abre una puerta que una no se atrevería ni a tocar, me integró dentro del equipo.
Me llevó a una sala preciosa, toda vestida de pana verde. Las paredes, los detalles, el ambiente entero tenían ese verde profundo, elegante, como si alguien hubiese decidido forrar el sueño con terciopelo para que doliera menos despertarse después.
Estábamos hablando cuando, de pronto, se produjo un silencio.
Un silencio de esos que no se explican, pero se obedecen.
Empezaron a escucharse pasos.
Y entonces entró él.
Pero antes de verlo, entró su olor.
Una mezcla de limpio y amaderado, con unas notas profundas de cognac y nueces. Un perfume que parecía venir de otro mundo, o de todos los años en los que yo lo he imaginado sin poder abrazarlo.
Entró, me miró, y enseguida esquivó la mirada, como si no quisiera ponerme nerviosa. Después le guiñó un ojo a Paloma. Yo lo vi ahí, tan cerca, tan real, tan imposible de explicar, y de pronto me atreví a decirle:
—Yo soy Verito Monetta.
Entonces levantó la mirada y me dijo:
—Veritooooooo.
Y se acercó a darme un abrazo gigante. Un abrazo interminable. De esos que no entran en el cuerpo porque parecen abrazar también todo lo que una fue, todo lo que esperó, todo lo que sostuvo en silencio durante años.
Recuerdo que apoyé mi cabeza en su hombro. Y era como si, en ese gesto, sin decir nada, yo le estuviera diciendo:
“Tantos años protegiéndote… y ahora me refugio en ti, ojitos de menta.”
Fue tan real como largo.
Después me acompañó a sentarme en la mesa, a su lado, para que comiera con él. Y me dijo, con una delicadeza que todavía siento:
—Para ti pediré otra cosa. ¿Quieres que quite la carne de toda la mesa?
Y yo sentí que no solo me veía. Me reconocía. Reconocía mis detalles, mis principios, mis pequeñas formas de estar en el mundo.
Luego, como por arte de magia, estábamos en otra sala, con máquinas tragamonedas. Íbamos de la mano. Él no me soltaba, pero yo sabía que se tenía que ir.
Estaba vestido con un sweater blanco y un pantalón negro. Sus ojos brillaban tanto como los míos cada vez que lo veo. Pero lo más hermoso era que su cara se iluminaba cada vez que se giraba hacia mí.
Lidia, una de las 25 de Micky, me decía:
—No te llevará. Tienes que soltarlo.
Y Laura, otra del mismo grupo, le decía:
—Habrá que cortarle la mano.
Entonces empecé a llorar, creyendo que me dejarían allí. Que ese momento se terminaría como se terminan las canciones que una quisiera escuchar una vez más, aunque ya hayan durado lo suficiente como para romperte un poquito por dentro.
Pero Micky subió a un autobús y me dijo:
—El guarura se encarga. Ahora no. En un rato nos vemos. Tengo que grabar.
Y entonces la imagen se cortó.
De pronto aparecí en otra escena. Era una especie de sótano lleno de charcos de agua. Un lugar extraño, húmedo, casi oscuro. Pero yo volvía a oler su perfume, y ese olor transformaba todo. El sótano se convertía en un duty free.
Luis Miguel protestaba porque no tenían su perfume. Se llamaba Daka, o algo así. Y yo, en medio de esa mezcla absurda y perfecta de sueño, angustia y misión imposible, sentía que tenía que conseguírselo.
Como si el sueño me hubiera puesto otra vez en ese lugar tan mío: el de querer cuidarlo, resolverle algo, protegerlo incluso dentro de un mundo inventado por mi propia cabeza.
Y ahí me desperté.
Entre angustiada y feliz.
Con la sensación de haber estado de gira, de haber entrado en una sala verde de pana, de haber olido su perfume antes que su presencia, de haber escuchado mi nombre en su voz y de haber apoyado, por fin, la cabeza en ese hombro donde durante tantos años solo había podido imaginar refugio.

Deja una respuesta